jueves, 10 de abril de 2014

Una de viquingos

Mi primer contacto directo con los viquingos fue hace algunos años, en las islas Orcadas, un pequeño archipiélago al norte de Escocia. Visitamos allí unas cuevas en las que se refugiaban -de la lluvia, de las alimañas, de otros viquingos con malas intenciones-, y vimos las inscripciones que habían dejado en la piedra. Una decía: "Qué buena está Sigrid. Cómo me gustaría follármela", o algo así. Fue decepcionante. Sí, ya sé que el impulso del rijo es universal, y que los viquingos se caracterizaban, según Hollywood, por dar rienda suelta, en orgías desenfrenadas, a sus más atávicos instintos, pero uno esperaba de los bravos guerreros del norte algo más poético, más parecido a las sagas de Egil Skallagrimsson o a alguna edda de Islandia. Mi decepción no se atemperó cuando viajamos a las islas Lofoten, y recorrimos uno de sus asentamientos, en Borg, reconstruidos por los hoy pacíficos noruegos. Allí se explicaba que las comunidades viquingas, aunque muy diversas entre sí, se caracterizaban por sus estrechos lazos familiares y su solidaridad intergeneracional, por el importante papel que desempeñaban las mujeres en el entramado social, y por su dedicación al comercio antes que a la guerra. Todo estupendo y muy civilizado, pero todavía muy alejado de la imagen de belicosidad y horror que han proyectado las leyendas y el cine. Estos meses, en el Museo Británico, hay una magnífica exposición sobre los viquingos. Un primer acierto es que, gracias a las muchedumbres ingentes que la visitan, uno puede representarse de primera mano a la mítica horda viquinga. Poco a poco, y con mucha paciencia, llegan a admirarse los finos trabajos de plata de los escandinavos, y aquellos enormes broches que les sujetaban la ropa a la altura del hombro, tan grandes que podían servir también como pinchos mortíferos, aunque se quedaran desnudos al utilizarlos. En punto a broches, como a algunas otras longitudes, el que lo tenía más largo era el rey de la fiesta. También se expone un amplio arsenal de guerra, entre cuyas armas defensivas se cuentan cascos, pero sin cuernos: los viquingos no llevaban cuernos, como nos han hecho creer Astérix y el sueco Gustav Malstrom, que los pintó con ellos en 1820 para representarlos como seres demoníacos, salvo los que sus esposas decidieran ponerles. La verdad es que no los necesitaban para ser espeluznantes. En unas urnas centrales se exponen asimismo varios esqueletos recuperados de una fosa común en Inglaterra: tienen una altura media de 1,70 m, lo que no es mucho hoy, pero que los hacía imponentes a finales del primer milenio, cuando la altura media de los europeos apenas superaba el metro y medio. Quizá por una cuestión de tamaño, nuevamente, un inglés que curiosea por allí me señala y le dice a otro que lo acompaña que soy un verdadero viquingo. Corrijo al gracioso: yo soy del sur; pero es la segunda vez que me toman por escandinavo en este país. Otra pieza asombrosa es el ajedrez de la isla de Lewis, un conjunto de figuras de ajedrez de uno o varios tableros, talladas en diente de morsa o de ballena, seguramente en Trondheim (Noruega) en el siglo XII, es decir, a finales de la era viquinga. Se encontró en la bahía de Uig, en la costa occidental de esa pequeña isla de las Hébridas escocesas. Las figuras humanas, todas con expresión de espanto o de asombro, son de una delicadeza sorprendente, parecida a la finura con que están labradas las joyas viquingas. No obstante, la pièce de resistence de la exposición son los restos del mayor barco de guerra viquingo del que se tenga noticia, de unos cuarenta metros de eslora. Recuperados a finales del siglo pasado en Dinamarca, son solo unos pecios carcomidos por el agua y los crustáceos, pero, dispuestos en un esqueleto metálico construido ad hoc, dan una idea muy precisa del tamaño y las terribles hechuras del navío. No es extraño que en Inglaterra se preste atención a los viquingos. Con barcos como este aterrorizaron al país entre 793, cuando saquearon el monasterio de Lindisfarne, y 1066, cuando Harald III, que ostentaba el muy revelador sobrenombre de El despiadado, fue derrotado por los sajones de Harold Godwinson en la batalla de Stamford Bridge, cuya tradición sangrienta prolonga hoy Jose Mourinho. No es difícil imaginar el pánico que debían de sentir los monjes y los pobladores de estas tierras, en general, cuando veían aparecer en el horizonte las velas listadas de los drakkars viquingos y sus mascarones de proa, que representaban a dragones o, cuando se sentían más benévolos, a caballos. De ellos iban a desembarcar tropeles de guerreros hambrientos de botín y de mujeres, y, como de estas había pocas en los cenobios, los religiosos sabían que les correspondería un penoso papel en la satisfacción de la lujuria norteña, reprimida por tantos días de navegación. En las comunidades cristianas inglesas, y sobre todo en las de Northumbria, la región más azotada por las incursiones viquingas, nunca dejaba de elevarse al Señor el ruego de que a furore normannorum libera nos, Domine. Con el tiempo, los viquingos fueron adentrándose en territorio britón. En 850, invernaron en suelo inglés. En 865, un gran ejército danés, al mando de Ivar el Deshuesado -aunque era él, en realidad, el que deshuesaba a los demás- atravesó Escocia y ocupó York. Alfredo el Grande recuperó la ciudad algún tiempo después, pero, en 947, Eric Hacha Sangrienta, otro sobrenombre que resultaba poco tranquilizador, volvió a ocuparla. La presencia vikinga en las islas Británicas se prolongó, como he dicho, hasta 1066, aunque no deja de ser irónico que el normando que se hizo ese mismo año con el trono de Inglaterra, Guillermo el Conquistador, descendiera de las comunidades viquingas asentadas en la Bretaña francesa. Los viquingos, naturalmente, no se limitaron, durante sus siglos de esplendor, a merodear por las costas irlandesas y británicas: recorrieron Escandinavia, llegaron a Islandia, cruzaron el Atlántico hasta los territorios del Nuevo Mundo, saquearon Sevilla, bordearon la costa africana y penetraron en el Mediterráneo hasta Constantinopla, donde constituyeron la guardia varega, la guardia personal del emperador de Bizancio. En Inglaterra dejaron enterramientos, inscripciones rúnicas, barcos naufragados, topónimos y antropónimos, canciones y leyendas, el ajedrez de la isla de Lewis y un importante patrimonio genético: el 25% del ADN de los habitantes del extremo nororiental de Escocia y de las islas Orcadas y Shetland es de origen noruego. Yo contemplo todo lo reunido hoy, en el Museo Británico, con una mezcla de fascinación y terror. Pienso en Vickie el Viquingo, y en Olaf el Viquingo, y en Kirk Douglas y Tony Curtis en Los viquingos, y no consigo recuperar la sonrisa que me inspiraban: desde un expositor iluminado por una luz blanca y helada me mira, ceñudo, sobrecogedor, un guerrero escandinavo, con su cota de malla, su escudo redondo de madera, su casco, su hacha, su espada, su cuchillo y su lanza. Puede que fuera muy amable en su casa, como nos aleccionaron en las Lofoten, pero uno se imagina a aquel ser corriendo hacia uno, para descargarle aquellas armas en el cráneo, como Tor descargaba sus martillazos en el mundo, y lo último en lo que puede pensar en en sonreír.

4 comentarios:

  1. Víkings:"Pinyata de llop."

    cf. ALMAZÁN, VICENTE. Gallaecia Scandinavica. Introducción ó estudio das relacións galaico-escandinavas durante a Idade Media. Editorial Galaxia, Vigo, 1986. pàg. 113

    «Logo loitou máis cara ao oeste, en Betanzos, así como di Sigvat:

    Na duodécima batalla
    o rei tinxiu Betanzos de sangue
    con dentes de lobo,
    e alí pereceron moitos homes.»

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegro de saber de ti, Albert. Cuánto tiempo. Espero que estés bien, sobreviviendo al vendaval (o al pantano, según se mire) en la administración pública. Te mando un gran abrazo.

      Eliminar
  2. Yo pase muchos veranos en Betanzos!!
    Cuantos recuerdos!
    La fiesta de los Caneiros, las mañanas en la playa de Puentedeume...
    Oigo Betanzos y pienso en mi querido padre.
    Gracias

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo solo he estado una vez en Betanzos, con una novia gallega que tuve. Y también guardo un magnífico recuerdo del pueblo.

      Un beso, Amelia.

      Eliminar